Este episodio del podcast Círculo de Poder abre una etapa nueva del programa, con conversaciones sobre política y vida pública. El invitado es Henry Cucalón, abogado, catedrático y político guayaquileño con 25 años ininterrumpidos en el sector público: fue secretario del Municipio de Guayaquil, asambleísta por Guayas durante dos períodos, ministro de Gobierno y candidato a la presidencia de la República en 2025.
Daniela Moreira e Iván Mosquera le preguntan por el momento exacto en que se convirtió en político, por qué se lanzó a una elección presidencial sin dinero ni maquinaria detrás y qué le dejó una derrota que él mismo llama estrepitosa. Sus respuestas dejan una idea que va más allá de la política: el cargo es momentáneo, la ciudadanía es de tiempo completo.
1. Un chico del sur de Guayaquil con vocación de servicio
Cucalón se presenta como “un chico del sur” de Guayaquil, el mayor de sus hermanos, criado en una familia cariñosa y con las dificultades de cualquier casa. De niño iba al estadio Modelo a ver los tres partidos del día —el de la Serie B, Emelec a las cuatro y Barcelona a las seis—, se vestía como Menudo y se sabía todos los pasos. Una infancia normal, dice, con un antecedente que pesó: su padre fue servidor público durante muchos años en el Banco Central.
Desde la adolescencia tuvo claro que su forma de incidir era el servicio público. Lo explica sin desmerecer otras vocaciones —quien emprende, quien enseña, quien hace música—, pero la suya pasaba por lo público. De ahí sale su decisión académica, que resume como la mezcla de dos conceptos:
Igualdad de oportunidades con igualdad ante la ley.
Primero estudió Ciencias Políticas, el título del que más se enorgullece y el que tiene en el mejor cuadro de su despacho. Después vino Derecho, con especialidad en derecho público. La diferencia entre las dos disciplinas la explica con un ejemplo: la ciencia política estudia por qué las mujeres lucharon y conquistaron el derecho al voto; el derecho político es ese voto ya escrito en la Constitución.
Lo mío no es accidental, es una decisión de vida.
2. Del escritorio técnico a la conquista del voto
Su entrada al sector público llegó por un profesor de la universidad que fue nombrado para un cargo y le pidió que lo acompañara como secretario de la institución. Cucalón estaba por graduarse de abogado y se mudó a Quito a los 24 años. Eso sí lo marcó: responsabilidades enormes y la presión de no querer quedar mal con una oportunidad que no sabía si volvería. De ahí le quedó la costumbre de devolver las oportunidades que recibe.
Después de sus años en la Procuraduría llegó la invitación al Municipio de Guayaquil, donde fue durante mucho tiempo secretario de la administración municipal y del Concejo, en la alcaldía de Jaime Nebot. En esa etapa se veía como el hombre de atrás: el que tenía los conocimientos jurídicos y administrativos para respaldar la gestión y evitar errores.
Eso cambió cuando, siendo independiente, recibió la propuesta del Partido Social Cristiano para ser diputado —la palabra asambleísta no le gusta mucho—. La aceptó de inmediato, y con ella llegó una sorpresa: había gente que lo veía como alguien capaz de representarla. Ya no bastaba con lo racional; tocaba conquistar el voto también desde lo emocional.
Una cosa es que tú estudies política, otra cosa es que estudies a los políticos, otra cosa es que tú seas un político.
Todavía hoy, confiesa, se mira al espejo y duda de ser un político.
3. Diciembre de 2015: el día que se convirtió en político
Su primer año en la Asamblea lo describe con autocrítica: se aprendía los discursos de memoria y hablaba como abogado, plano, como si rindiera un examen oral. El punto de quiebre llegó en el segundo año, con el debate de las enmiendas constitucionales que aprobaron la reelección indefinida durante el correísmo.
Según cuenta, su bloque era de siete legisladores frente a más de cien del oficialismo, y el resto de la oposición no acudió. Fueron a la sesión sabiendo que iban a perder y que los iban a abuchear. Aun así, sintió que tenía una responsabilidad histórica: dejar constancia de su posición para que en treinta, cuarenta o cincuenta años se supiera qué pensó en ese momento.
Ahí entendió lo que llama la ficción democrática. Cuando un parlamentario vota, habla, critica o apoya, es la gente de su provincia la que actúa a través de él. Dio un discurso de diez minutos con todos sus argumentos —derecho constitucional, derecho comparado, historia ecuatoriana, latinoamericana, norteamericana y europea— y salió de ahí convertido en otra cosa.
El político se forja en la adversidad. El político se forja en la derrota, no en la victoria, no en el champán, no cuando te vitorean.
Agrega un dato que, según él, el algoritmo todavía no reconoce: si se suma la vida de cualquier político, hay más derrotas que victorias.
4. Ministro de Gobierno y candidato sin maquinaria
Fue legislador ocho años y los defiende sin esconderlos, contra la idea de que el Congreso es una escuela para el fracaso. En ese tiempo, asegura, estudió más que en la universidad, empujado por el miedo a equivocarse y, sobre todo, a decir algo que no tuviera respaldo en los hechos. Es la distinción que hoy lleva a sus charlas y conferencias:
Todo el mundo tiene derecho a tener sus propias opiniones. Nadie tiene derecho a tener sus propios hechos.
Al terminar su segundo período pensó que su carrera pública había terminado. Volvió a la cátedra y a ejercer la profesión, algo que los cargos anteriores le prohibían. En ese intervalo llegó el llamado para ser ministro de Gobierno en un momento de conflicto permanente en el país. Lo describe como bailar con la más fea, y lo cuenta como la experiencia que le permitió recorrer el Ecuador que le faltaba conocer.
Esa exposición fue la que llevó a otros a verlo como candidato presidencial en 2025. Él sabía que la misión era muy complicada: lanzarse sin un dólar en el bolsillo y sin representar a grandes maquinarias económicas. Se lanzó igual.
Yo estoy preparado para que ninguna derrota me derrote, así como que ninguna conquista me conquiste.
El resultado fue duro y lo reconoce sin rodeos: así como ganó dos veces la diputación, perdió la presidencia de forma estrepitosa. Aun así, no se arrepiente. Recorrer el país, dar discursos, recibir apoyos y críticas era lo que había hecho durante 25 años, y la campaña le dio la oportunidad de defender un conjunto de ideas y principios en los que cree.
5. Llegar al poder no es lo mismo que ejercerlo
Cuando le preguntan por los líderes que admira, separa dos cosas que suelen confundirse: cómo se llega al poder y cómo se ejerce. Se puede llegar democráticamente y gobernar de forma antidemocrática, y al revés. Ecuador, dice, es un laboratorio de eso. Entre los presidentes que más admira está Clemente Yerovi, designado en 1966 por una junta de notables sin pasar por las urnas, que gobernó de forma profundamente democrática. En el otro extremo pone a José María Velasco Ibarra, a quien también admiró durante años: llegó por el voto y se proclamó dictador en más de una ocasión.
Fuera del país menciona a Álvaro Uribe por su coherencia desde que fue gobernador hasta la presidencia, a Barack Obama por su integridad con los valores que profesa, y a los españoles José María Aznar y Mariano Rajoy, a quienes conoció en persona. Lo que no le gusta, venga de la izquierda o de la derecha, es la apología de la polarización, la posverdad y el populismo, sobre todo cuando las tácticas que sirven para ganar se usan también para gobernar.
La conversación llega luego al contraste entre la popularidad en redes y la realidad del territorio. Para Cucalón, gobernar desgasta, y una medida correcta puede ser impopular en el corto plazo. Pone como ejemplo la eliminación del subsidio a los combustibles del presidente Daniel Noboa, que considera acertada aunque le cueste puntos: la popularidad, dice, también existe para gastarla cuando hace falta.
Sobre las redes advierte que la realidad paralela que antes se veía solo en campaña —el candidato que nunca comía encebollado y de pronto lo come todos los días— hoy se ve las 24 horas. No lo condena, pero pide equilibrio, porque hay gente que la está pasando dura. Lo resume con una frase que aclara que no es suya:
La realidad ignorada prepara su venganza.
Ciudadanía de tiempo completo
La idea que atraviesa todo el episodio es la separación entre ser político y ser ciudadano. Cucalón insiste en que no hace falta ser alcalde ni presidente para hacer país: basta con conocer los derechos propios, cumplir las obligaciones y preocuparse por lo que pasa alrededor. A quien sabe eso, dice, es difícil que le metan el cuento.
Su concepto de ciudadano es exigente. Todas las personas tienen derechos y él no admite discriminación alguna, pero no considera ciudadano a tiempo completo a quien no paga impuestos, a quien sabe de un acto de corrupción y no lo denuncia, o a quien tapa la placa para que las cámaras no lo registren cuando excede la velocidad. Por eso le interesa el término que se usa en Estados Unidos, el contribuyente: si pago, tengo derecho a ser representado y a exigir. Para ampliar la idea recomienda la serie documental “El experimento estadounidense”, de Netflix, sobre la fundación de ese país.
En materia electoral pide votar a favor de algo y no solo en contra. Recuerda la elección de 1984 entre León Febres Cordero y Rodrigo Borja, dos figuras de primer nivel de la centroderecha y la centroizquierda, cuando la gente votaba en positivo. Hoy, dice, predomina el voto reactivo: votar por A para que no gane B. Su propuesta para salir de ahí es concreta:
- Conocer derechos y obligaciones antes que la estructura del Estado.
- Votar a favor de algo, no solo contra alguien.
- Contrastar lo que dicen los candidatos en los debates antes de repetirlo.
- Querer que al gobierno le vaya bien, aun sin estar de acuerdo con él, porque cuando le va mal a un gobierno le va mal a la gente.
Hay un tema que la inteligencia artificial no va a poder reemplazar, que es tener criterio.
Las causas unen, las ideologías separan
Sobre su futuro no promete regresos. Hoy es abogado, asesor jurídico empresarial, lleva causas de derecho constitucional y sigue como profesor. Puede que no vuelva al sector público ni a una campaña, pero asegura que ejercerá su civismo de forma más activa que nunca, preocupado por el estado de la democracia y de los derechos y garantías en el país.
Para eso apuesta por las causas antes que por las ideologías. La ideología y el día a día electoral tienden a separar; las causas —el voto de las mujeres, la paz con el Perú, la dolarización, la lucha contra el narcotráfico— pueden unir a alguien de la Sierra con alguien de la Costa, y a la centroizquierda con la centroderecha.
A los jóvenes que quieren dedicarse al servicio público les deja un mensaje directo:
Luchen por sus sueños. No se dejen etiquetar. No dejen que las circunstancias de su vida, de su nacimiento, definan lo que quieran ser.
Lo que deja el episodio no es una defensa partidista sino una definición del oficio: el poder es momentáneo, está hecho para servir y no para servirse, y se prueba en la derrota antes que en la victoria. Cucalón perdió la elección más grande de su vida y la cuenta sin amargura, porque la medida que se pone a sí mismo no es el resultado sino lo que hizo en el momento que le tocó vivir. Las opiniones políticas expresadas en el episodio son personales del invitado y no representan una postura de Círculo de Poder.

