Este episodio del podcast Círculo de Poder recibe a Julio Rojas, médico ecuatoriano conocido como Doctor Regeneración, la marca de medicina regenerativa que fundó en México y que hoy opera diecinueve consultorios en cuatro países. Venía de una familia de más de treinta médicos y estaba a un año de graduarse de ginecólogo cuando un linfoma alrededor del corazón le dio dos meses de vida.
La conversación arranca ahí, en la decisión que tomó el día que cumplió veintinueve años, y termina en algo bastante menos frecuente: el paciente que se curó, estudió lo que lo había curado y armó una empresa con eso.
1. Una familia de treinta médicos y dos meses de vida
Julio viene de una casa donde la medicina no era una opción sino un idioma: más de treinta médicos en la familia. Su tío abuelo, Lino Rojas García, estudió en Francia y dirigió la maternidad Sotomayor durante veinte años. Su papá y sus tíos fueron ginecólogos. Él, que se define como tradicionalista, salió del país a estudiar exactamente lo mismo, en México.
Dos años antes de que le tocara a él, su padre murió de un colangiocarcinoma intrahepático. Diagnóstico tardío, tres meses después falleció. En el último año de la especialidad, Julio llegó igual de tarde con lo suyo: un linfoma no Hodgkin mediastinal primario tipo Burkitt, alrededor del corazón, comprometiendo la aorta, el bronquio izquierdo y el pulmón izquierdo, que quedó atrofiado. La presión le marcaba 170/110. Se internó el día de su cumpleaños número veintinueve.
Le dieron dos meses de vida y dos caminos: un tratamiento fuerte con anticuerpo monoclonal y quimioterapia, o cuidados paliativos para controlar el dolor y poder dormir, porque llevaba casi un mes sin dormir de la tos. Eligió el primero con la frase que le da título al episodio.
No, intentemos todo.
No fue una decisión romántica. Era caro, la familia acababa de perder a la cabeza económica, él vivía solo en otro país y su pareja de entonces también era estudiante. Su mamá tuvo que resolver desde Ecuador cómo conseguir el dinero.
2. Intentemos todo: del rezo a la investigación
Julio es creyente y lo dice sin rodeos: le pidió a Dios que le abriera la mente para decidir. Después hizo lo otro que sabía hacer. Tenía un diplomado en investigación del Instituto Politécnico Nacional de México, así que se puso a investigar su propia enfermedad y salió un nombre que no conocía: medicina regenerativa.
Al principio no le creyó, y además le quedaba lejos: lo que encontraba estaba en España y la quimio era en México. Fue un amigo de la facultad, desde Nueva York, el que le pasó el dato de una clínica carísima. Vendieron cosas, hicieron maniobras económicas y fue.
Lo primero que le hicieron fue estabilizarlo con ozonoterapia, dosis altas de oxígeno en sangre. Él lo describe como un antes y un después. De ahí lo mandaron a Houston para otros tratamientos regenerativos. En paralelo intentaba todo lo demás: mandó a traer veneno de alacrán desde Cuba y tomó cada suplemento que le señalaran como anticáncer, incluso cuando sus propios colegas le decían que no lo hiciera.
A veces los doctores somos muy tradicionales y lo que dice el libro hay que seguirlo. No todo está escrito.
Las hospitalizaciones fueron duras, y hubo una falla que casi lo mata antes que el tumor: le colocaron un catéter siete centímetros más largo de lo que correspondía, que le golpeaba el corazón y le provocaba una extrasístole con cada latido. Hubo que volver a quirófano para corregirlo. La primera quimioterapia le provocó una insuficiencia renal severa por la destrucción rápida de un tumor tan grande, y ese fue el momento en que le volvieron a proponer paliativos.
3. Nueve centímetros en cuatro días
Acá está la pregunta que da nombre al episodio. Julio sostiene que el estado de ánimo acelera la evolución del cáncer, y no lo argumenta con literatura sino con lo que vio en su propio cuerpo.
Vivía solo, recién separado, y tuvo que llamar a Ecuador para contarle a su hermano —no a su mamá, destrozada dos años antes por la muerte del padre— que tenía cáncer. Se quebró y lloró. Dice que en diez años lloró dos veces: esa, y otra de felicidad.
En lo que lloré contándole a mi hermano, a los cuatro días creció nueve centímetros más el tumor.
El detalle que lo confirma es operativo. La biopsia era tan riesgosa por la cercanía del corazón que la especialista le pidió estar internado, agujas especiales y Gelfoam por si tocaba una arteria principal. Consiguió todo. Para el lunes siguiente ya no hizo falta nada de eso: el tumor había subido tanto que quedó al alcance.
Ahí entendí que las emociones tienen mucho que ver en la parte del cáncer.
Es el tramo donde el médico habla como paciente, y la conclusión que saca es incómoda: la mente tiene poder suficiente como para poner al cuerpo en contra de uno mismo.
4. Inflamación, oxidación y envejecimiento
Cuando la conversación pasa de su historia a su consulta, Julio ordena todo en un solo esquema. Las células se recambian cada noventa días, pero no se renuevan: heredan el mismo material genético, la misma edad y la misma enfermedad. Por eso, dice, un cambio sostenido durante tres meses alcanza para que el cuerpo se regenere, y esa capacidad la tiene todo el mundo hasta los 65 o 70 años, cuando cae casi a cero.
Para que ocurra hay que darle a la célula el sustrato. Usa la analogía de la pared: no se levanta sin bloques ni cemento. Traducido a la consulta, son tres cosas.
- Nutrición celular, con suplementación real y no solo con comida.
- Limpieza, es decir sacar el estrés oxidativo que impide la regeneración.
- Un estimulante que active la célula, lo que él llama la gasolina súper.
Tiene además un indicador casero que repite: el color de la sangre cuando te la sacan. Si sale muy oscura, según él no es hemoglobina alta sino oxidación alta, y ese es el terreno donde una enfermedad puede desarrollarse cinco años después.
De ahí salen los tres pilares que sostienen toda su práctica: inflamación, oxidación y envejecimiento. La inflamación es lo que comemos y bebemos. La oxidación es el estrés —económico, marital, familiar— y también la enfermedad misma: cuenta que durante la pandemia veía cómo la sangre de un mismo paciente se ponía negra en cuestión de días. Y el envejecimiento no empieza en la menopausia ni en la andropausia, sino a los 25.
Pasa la barrera de los 25 años y ciertas comidas te producen gases, te hacen daño, te dan dispepsia. Es el mismo estímulo, pero reacciones diferentes.
Sobre el estrés agrega un matiz que suele omitirse: hombres y mujeres no toleran el mismo cortisol. Frente al mismo problema familiar, dice, ella no duerme y él sí, aunque los dos terminen enfermándose igual. Y aclara algo que contradice la idea popular de mantenerlo bajo todo el tiempo: lo natural es que el cortisol suba y baje, no que se quede en una meseta.
5. Los cuatro inflamatorios y el intestino donde empieza todo
Cuando Daniela le pregunta si estas enfermedades vienen de los procesados, Julio corrige el foco. El problema no es lo industrializado en sí, son los inflamatorios, y son cuatro: gluten, lácteos, aceites y granos. Al gluten le dedica la mayor parte de la explicación.
Cuenta que el gluten es la proteína que el trigo desarrolló alrededor del grano para que los pájaros no se lo comieran, y que el pájaro evolucionó hasta no morirse, pero sigue inflamándosele el intestino. A nosotros nos pasa lo mismo. Suma un argumento genético: quienes venimos de línea paleolítica toleramos peor el gluten que la línea europea, neolítica, y de ahí su advertencia contra copiar la dieta mediterránea sin más.
Pon cómete tú una dieta del Mediterráneo a ver cuánto te inflamas.
El segundo inflamatorio son los derivados lácteos, y precisa que el problema no es la lactosa sino la caseína. La cadena que describe empieza en la sopa de fideo con queso de los cinco años y sigue así: la inflamación separa las vellosidades intestinales, los probióticos entran en contacto con los vasos sanguíneos, se activa la inmunidad y aparece la autoinmunidad. Ahí ubica la tiroiditis de Hashimoto —que conecta con buena parte de la infertilidad femenina—, la artritis reumatoide, la fibromialgia, el lupus y la psoriasis.
La gran mayoría de nuestras enfermedades nacen en el intestino.
El apartado más incómodo para el oyente promedio es el de la cerveza. Es trigo y cebada, o sea gluten, y es lo que más se toma. La panza que produce no es solo inflamación: describe un círculo vicioso donde la grasa abdominal activa una enzima, la aromatasa, que transforma hormonas masculinas en femeninas y sigue alimentando la panza, con disfunción eréctil y caída de cabello en el camino. Por eso, dice, parte de reemplazar hormonas en un hombre es quitarle la cerveza. Y admite, resignado, que hay pacientes que eligen la cerveza.
Complementar, no reemplazar
Cuando Daniela le plantea el versus entre la medicina tradicional y lo que él hace, Julio corta la premisa de raíz. El nombre que usa es el alemán: medicina complementaria.
Yo nunca quito la quimio, yo nunca quito los medicamentos antidiabéticos.
Lo que sí cuenta es que hace tres meses empezó a combinar los agonistas GLP-1 con lo que ya venía haciendo —hormonas, ozono, suplementación— y que con esa mezcla está retirando la medicación de pacientes diabéticos de diez, quince y hasta veinte años de tratamiento. Lo presenta como lo que es: un protocolo nuevo, con resultados que está viendo en consulta y compartiendo en sus cursos, no una conclusión cerrada. Con más recorrido menciona mejoras en insuficiencia renal, Parkinson y Alzheimer, siempre acompañando al tratamiento convencional y nunca en su lugar.
Dentro de ese paraguas está la medicina ortomolecular. Orto es correcto, molecular es molécula: molécula correcta, dosis correcta, persona correcta, tiempo correcto. En la práctica son dosis altas de suplementos que reemplazan fármacos, y de ahí sale el paciente que se queja de tomar quince pastillas diarias que no son pastillas.
James le devuelve entonces una corrección de vocabulario que Julio acepta: un suplemento suple, y lo que él manda no reemplaza una comida sino que la completa. Son complementos. Sobre por qué hacen falta incluso comiendo orgánico, se apoya en el libro que les da a leer a todos sus pacientes en la primera consulta, “Cerebro de pan” —Grain Brain, de David Perlmutter—, escrito para el Alzheimer pero que él traduce a cualquier patología. El argumento es que diez mil años de agricultura intensiva desmineralizaron la tierra, y una tierra sin minerales no los pone en el alimento por más de pastoreo que sea la carne.
De paciente a marca: cómo nació Doctor Regeneración
La enfermedad fue en 2017. Cuando entró en remisión hizo una cuenta que define el resto de su carrera: había gastado cerca de 200.000 dólares en menos de seis meses de tratamientos en Estados Unidos, iba a seguir necesitándolos, y salía más barato invertir esa plata en formarse para hacérselo él mismo.
Dejé a un lado la parte ginecológica y me dediqué 100% a estudiar.
El nombre se lo puso una paciente. En 2019, atendiendo a domicilio en San Morondón, la mujer le dijo que él la había regenerado, que él era el doctor regeneración. Registró la marca en México, después en Ecuador, y tomó una decisión que es más de empresario que de médico: hacer crecer el nombre de la empresa en lugar del suyo.
Ahorita Doctor Regeneración somos más de treinta médicos alrededor del mundo.
Es la parte del episodio donde se ve la lógica comercial, y sirve para cualquier rubro. Una marca anclada a una persona tiene el techo de esa persona: no puede estar en dos consultorios a la vez ni delegar sin perder valor. Al construir Doctor Regeneración como una marca que cualquier médico del equipo encarna, se liberó para seguir estudiando, dar conferencias —acaba de volver de un mes en Asia— y levantar otras empresas.
Los números al momento de la grabación son estos: diecinueve consultorios en cuatro países, con Guatemala abriendo ese mismo mes para llegar a cinco, conversaciones para un consultorio en Dubái y una sociedad en Estados Unidos que tuvo que cerrar por un problema con el socio de la licencia, hoy en pausa hasta que homologue sus títulos. No lo cuenta como un tropiezo que haya que esconder.
Solo nunca puedes llegar tan lejos. He crecido gracias al equipo que tengo.
Lo que hace distinto a este episodio no es el catálogo de tratamientos, sino el orden en que ocurrieron las cosas. Julio Rojas no eligió la medicina regenerativa desde una convicción previa: la encontró desesperado, buscando algo que lo mantuviera vivo dos meses más, y se quedó. Esa secuencia —paciente primero, médico después, empresario al final— explica por qué insiste tanto en que no hay un versus con la medicina tradicional, y por qué la advertencia que más repite no es sobre un fármaco ni sobre un alimento, sino sobre uno mismo: una persona puede ser su propio detractor más grande.

