Julián Pico, director y escritor ecuatoriano, en el podcast Círculo de Poder

Lo que nadie cuenta de perder 30 años en TV: Julián Pico

Julián Pico, cocreador de Nuestra Belleza Latina y director de experiencia del Burger Show, repasa 33 años en la televisión hispana: por qué los canales perdieron a su público, cómo un festival de hamburguesas ecuatoriano se volvió el más grande del mundo y el giro que trajo el autismo de su hijo Toñito.

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Este episodio del podcast Círculo de Poder recibe a Julián Pico, director y escritor ecuatoriano con más de treinta años en el mercado hispano de Estados Unidos y América Latina. Es cocreador de Nuestra Belleza Latina, el reality más exitoso de Univisión, y ha estado detrás de alfombras rojas como los Latin Grammy, del Miss World Ecuador y de la Teletón USA. Hoy dirige la experiencia en vivo del Burger Show y escribe sobre autismo a partir de la historia de su hijo.

La conversación no es un repaso de créditos. Es un balance frontal de una industria que se está apagando, de las decisiones que la apagaron y de lo que hace un hombre con su oficio cuando la carrera que construyó durante tres décadas deja de existir.

1. Un chico sin filtros que aprendió a editar en un mes

Julián nació en Estados Unidos, llegó a Ecuador a los siete años, con madre cubana y un padre ecuatoriano que él describe como una caja de sorpresas. De ese padre viene la frase que le organizó el carácter: “a mí no me respetes, a mí ámame”. Creció tratando a su papá como a un hermano y aprendió temprano a decir lo que pensaba sin medir a quién le caía mal.

Su plan no era la televisión. Quería ser piloto de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Su padre quería que se dedicara al campo y al tabaco, y él ya había estudiado en la naval levantándose a las cinco de la mañana: lo último que pensaba hacer era madrugar de nuevo por unos mosquitos.

Entró a Ecuavisa de extra, vio funcionar el estudio y quedó atrapado. Fue a la productora de Stanley Parker —su primer mentor, un gran productor de los años noventa— a pedir trabajo de modelo. La respuesta fue brutal y honesta: cabeza muy grande, muy flaco, no pegaba. Entonces vino la pregunta que le cambió la vida.

¿Sabes editar? No, no sé editar. Al mes estaba editando mi primer documental.

Editar en esa época no era arrastrar clips. Eran tres casetes, una palanca de audio manejada con el pie, ocho horas para armar un comercial de treinta segundos y volver a empezar todo si metías la pata. Ya en Estados Unidos, un profesor llamado Ron Denner descubrió lo que sabía hacer y lo mandó a editar sus propios comerciales en las salas de la universidad. Al año renunció a la carrera: estaba trabajando con los equipos de la escuela, cobrando y sin ir a clases.

2. Nuestra Belleza Latina y el arte de aprender mirando

En Univisión empezó por el noticiero, justo el año del huracán Katrina, y se sintió preso. Todo era demasiado cuadrado, demasiado esquemático para alguien que necesita salirse del cuadro. Estaba por renunciar cuando su jefa, María López, pasó temporalmente a la presidencia de programación y le pidió que se quedara para un show nuevo.

Ese show existía solo como un manifiesto en papel escrito por gente que, según él, no tenía la menor idea de lo que estaba haciendo. Un grupo de productores le dio la vuelta y lo convirtió en el programa más exitoso de la televisión hispana. María López es la figura que le abrió la puerta: nunca fue su madrina, pero lo defendió de los tiburones y vio en ese muchacho incontrolable —que no era ni corporativo ni ejecutivo— exactamente lo que hacía falta.

Al lado de ella estaba Francisco Suárez, el cerebro detrás de los grandes formatos. Nunca fueron amigos, pero Julián lo reconoce como su mentor real: aprendió a montar shows monstruosos viéndolo trabajar. Y ahí aparece la confesión más dura del episodio, contada por primera vez en voz alta.

Yo me encerraba a llorar en el baño el domingo de mi show, del coraje, porque yo lo había montado.

Él armaba el programa, lo bloqueaba, dejaba todo listo, y el domingo llegaba otro a rodarlo. La imagen que usa para explicarlo es de una precisión incómoda: es como llevar a la mujer de tus sueños, peinarla, vestirla, arreglarlo todo, y que venga otro a casarse con ella. Esa amargura, dice, fue también la que le dio el empujón para irse.

3. Por qué la televisión se quedó sin público

El diagnóstico de Julián sobre la industria es el corazón del episodio, y no lo suaviza. La televisión se está yendo a pique en todas partes, y la causa que él señala no es Netflix ni las plataformas: son las cabezas que toman las decisiones.

Los ejecutivos que están detrás de un escritorio se han convertido en numerólogos. No viven, no vibran con la televisión.

El mecanismo es simple. Arriba hay un jefe que dice “no gastes”. Abajo hay un programa con cinco dólares de presupuesto. Y cuando aparece algo de plata, se van a grabar afuera porque supuestamente no hay personal calificado en el país. De ahí sale la frase que abre el episodio y lo resume todo:

En Ecuador hay talento. Hay talento, pero no hay confianza, y creen que lo de afuera es mejor.

El caso que más le duele es el suyo. Después de trece años lo llamaron de vuelta para rehacer Nuestra Belleza Latina: octubre de 2024, castings hechos, una millonada invertida. Pero Univisión ya había sido comprada por un grupo mexicano, y las decisiones se tomaban a distancia sobre un público que no es mexicano sino latino —ecuatorianos, puertorriqueños, cubanos, salvadoreños, hondureños—. De un momento a otro le quitaron el enchufe al programa y despidieron a todo el mundo, incluida la jefa que habían traído de regreso.

Lo que sí funciona, dice, son las estaciones locales de Estados Unidos, que sobreviven sin inversiones millonarias porque saben qué quiere su pedacito de pueblo: el de Houston no es el de Arizona, y el de Nueva York no es el de Miami. La misma lógica explica por qué en Ecuador los matinales siguen siendo un monstruo. Ese productor está palpando al pueblo todos los días. Pero si al mismo productor lo ponés a hacer un reality, no funciona: es otro oficio.

Su receta cabe en una línea: volver a lo básico, pero pintado de 2026. Y su crítica a los asesores importados es igual de directa. En treinta y tres años vio a cientos pisar los canales, cobrar una fortuna, durar tres meses y no dejar nada, porque no basta con llegar con quinientos años de televisión encima si no viviste el tiempo suficiente aquí para entender qué quiere el público ecuatoriano.

No tienes que ir a Harvard para programar televisión. El número nunca se tomó una cerveza en la esquina conversando con la del pueblo que está comprando el pan.

4. Volver a Ecuador: Calle 7, La Vecina y un chisme de veinte años

En 2013 renunció a Univisión. Venía divorciado, saturado y aburrido de una vida monótona, y el empujón final se lo dio su amigo Luis Crespo en una playa de Ayangue, viendo salir una ballena frente a ellos: si seguís viviendo en Miami teniendo esto fuera de tu casa, estás perdiendo el tiempo. Renunció sin trabajo y se vino.

Carlos Cuello, entonces gerente de TC, le abrió la puerta. Ahí arrancó la edición creativa de Calle 7, hizo los castings y montó los formatos de competencia cuando en Ecuador todavía no existía el reality. También separa dos cosas que hoy se confunden: un programa de competencia no es lo mismo que una novela sobre quién se pelea con quién.

El caso que mejor prueba su tesis es Capos de la Risa. Él quería llevar a La Vecina a la pantalla y en programación le dijeron que era demasiado popular, demasiado vulgar, que la gente no lo iba a querer. Pidió permiso para hacer un especial y ver qué pasaba. El rating explotó, y él lo explica sin rodeos: porque sabe lo que el pueblo quiere escuchar, lo sabía hace veinte años y lo sigue sabiendo.

Lo cancelaron después del duodécimo show. Recién ahora, dos décadas más tarde, Alex Plúas le preguntó si era cierto que el programa se había caído porque Julián pidió el triple de salario para la segunda temporada. Nunca lo pidió. Alguien dentro del canal prefirió inventar un chisme antes que decirle en la cara que no lo quería ahí, porque estaba despuntando.

Las personas que tienen un escritorio viven con terror de que les quiten su pisapapeles.

5. Burger Show: dirigir un festival como un programa de catorce horas

Hace cinco años Daniel Molina tuvo una idea sencilla: juntar a las marcas de hamburguesa que andaban sueltas y armar una competencia. Julián sostiene que ese invento cambió el arte culinario del país. Él tuvo un restaurante de hamburguesas en 2018 y sabe de qué habla: la carne ecuatoriana no era la mejor del mundo, faltaban maduración, alimentación adecuada y faenado. La competencia obligó a todos a buscar mejor producto, inventar salsas y subir el estándar.

Yo vivo en Estados Unidos y no encuentro en Houston ni en Miami hamburguesas como las de acá.

Su rol es la dirección de experiencia, y lo describe como lo que realmente es: rodar un programa de televisión de catorce horas sin parar, con tres micrófonos en la mano, audífono, DJ y equipo. Junto a él trabajan Darío Fernández como jefe de piso, DJ Flecha, Andrea Contreras y el productor Goofy Vaquerizo. Nadie pelea, no hay egos, y Daniel le da a cada uno libertad total en su área.

Los números de la última edición dicen el resto:

  • Ciento cincuenta y cinco mil personas en tres días, sin un solo puñete.
  • Un diseño nuevo del recinto para que se vea bien desde cualquier ángulo.
  • Un retraso de treinta minutos resuelto en vivo y sin comunicación, porque Francisco leyó lo que hacía falta y sostuvo al público.
  • Expansión a Manabí y planes de llevarlo a Estados Unidos.
  • Según Google, el festival de hamburguesas más grande del mundo.

Ese último dato es el que más le importa: lo más grande del planeta en hamburguesas no está donde las inventaron, está en Ecuador, y eso debería abrazarse como país.

Los perros que le ladran a la luna

Aquí está la idea que atraviesa toda la conversación. Julián es mitad ecuatoriano y ha vivido aquí casi toda su vida, y por eso se permite decirlo: el ecuatoriano está esperando la primera para hablar. Te caíste, te tropezaste, fuiste bruto. En vez de preguntarte si estás bien.

Lo aplica a lo que le pasó a Alejandra Jaramillo, que entró a Univisión, ganó un reality y la pegó en dos años. En lugar de celebrar que haya una ecuatoriana en esas pantallas junto a los grandes artistas, mucha gente eligió tirarle hate. Su lectura de eso no admite matices: el que critica desde una esquina lo hace porque es miserable en su propia vida.

Cuando ves a otro hacer algo bueno, no le tires hate, aplaude, que esa energía te va a dar a ti la posibilidad de hacer algo más.

La imagen con la que lo cierra es la de los perros que le ladran a la luna y la luna no contesta. No contesta porque está arriba, y ellos están abajo. Quedarse refunfuñando en la esquina no lleva a ninguna parte, y él cree que ese es el error más grande de nuestra gente.

Toñito, el proyecto que le cambió la carrera

Su hijo fue diagnosticado con autismo a los cuatro años y medio, tarde, y durante un tiempo Julián se quedó parado ahí, como si nada. El año que lo movió todo fue el pasado. Después de dirigir creativamente la Teletón USA se quedó sin trabajo en Univisión, y en el avión de regreso, con dos tragos encima, decidió que iba a hacer un evento sobre autismo en Ecuador. Lo decidió en marzo y lo hizo en junio.

De ese evento salieron las piezas que le enseñaron lo que sí podía hacer por su hijo, empezando por el cambio de dieta: cero gluten, cero azúcar, todo lo que el médico ya le había advertido un año antes y él seguía haciendo mal. En noviembre se mudó a Houston por Toñito. Escribió el libro “Lo que el silencio no pudo callar”, que se vende en Amazon, y hoy forma parte del podcast Neurouniversos.

Es la parte de la historia donde el hombre que detesta los escritorios y no aguanta jefes encontró, por fin, un proyecto que no depende de que ningún ejecutivo le apruebe el presupuesto.


Perder una carrera de treinta años no siempre significa quedarse sin oficio. Julián Pico sigue haciendo exactamente lo mismo que hacía a los dieciocho, editando con tres casetes y una palanca a pedal: leer a la gente y armarle algo que quiera ver. Cambió la pantalla por un recinto con ciento cincuenta y cinco mil personas y por un libro sobre su hijo, pero el método es idéntico. La lección que deja para cualquiera que trabaje con público cabe en su propia frase: la comunicación es de sangre, y ningún número, ningún ejecutivo a distancia y ninguna hoja de cálculo van a reemplazar el rato que uno pasa sentado escuchando al que va a consumir lo que hacemos.