Este episodio del podcast Círculo de Poder —episodio #67— es una conversación con Paula Idrovo, fundadora de The Smart Roll. Empezó a los 18 años, recién salida del colegio y en plena pandemia, haciendo rolls de canela en la cocina de su casa junto a su mamá. Hoy dirige una cadena de seis locales entre Guayaquil, Samborondón y Quito, con un equipo de más de 50 personas.
La charla tiene un valor particular: es alguien que todavía está en medio del crecimiento y lo cuenta sin la seguridad retrospectiva de quien ya llegó.
1. Un hobby que empezó por aburrimiento
El origen no fue un plan de negocio. Se había graduado del colegio sin saber qué estudiar —quería moda, pero fuera del país, y eso no era posible— y sus padres habían quedado sin trabajo durante la pandemia.
En la pandemia dije: no tengo nada que hacer, y si en vez de comprarlos los hago.
Nunca había hecho pan. Una amiga de su mamá que había tomado cursos de panadería le indicó qué comprar y cómo empezar. Los primeros meses amasaba a mano, con una pala, hasta que pudieron comprar una batidora.
El empujón para pasar de hobby a negocio vino de afuera:
Un familiar me dijo: están bien buenos, ¿por qué no los empiezas a vender de verdad? No estás haciendo nada más.
Ahí creó la cuenta de Instagram y el logo en una aplicación de celular. Mayo de 2020.
2. La estafa que la hizo abandonar
Este es el pasaje más importante del episodio para cualquiera que esté empezando, y lo cuenta sin adornarlo.
Le hicieron un pedido de cien roscas de Reyes. Con su mamá trabajaron dos días seguidos, dos noches sin dormir, porque producían todo en la cocina de casa.
Me hicieron una transferencia falsa. Yo en ese tiempo era bien ingenua. Nunca me los pagaron.
La consecuencia no fue solo económica:
Me deprimí full y lo dejé botado. Dije: ya no quiero saber nada.
Estuvo tres meses o más sin tocar el proyecto. Lo que la hizo volver fue mirar sus propias fotos:
Me frustraba el hecho de que yo sabía que era un buen producto, un producto que podía explotar.
3. Vender en gasolineras cuando nadie te alquila
Antes del primer local vino una etapa intermedia que ella atribuye a su mamá: tocar puertas en gasolineras.
Un local físico todavía no se podía porque no teníamos la inversión, y nadie nos quería alquilar en ningún lado. Era lo mismo: quiénes son ustedes.
El proceso no fue elegante:
Fue un poquito de dale y dale y dale, molesta, molesta, molesta, hasta que me dieron la apertura en un par de gasolineras.
Y también fue el primer aprendizaje sobre control de calidad: terminaron saliéndose del canal porque el producto no recibía el cuidado necesario y encontraban rolls de cinco días en exhibición.
No había el cuidado del producto que debe haber. Entonces los sacamos.
4. El carrito que abrió la primera puerta
En 2023 se abría una nueva plaza comercial y ella tenía una idea distinta a la de un local convencional: una combi adaptada.
Yo creo que a ellos les llamó la atención el carrito. Si no hubiera sido porque teníamos esta idea, capaz no me la daban.
El espacio que les asignaron era el hueco debajo de una escalera, ni siquiera destinado a ser un local. Diez metros donde hacían absolutamente todo:
Ahí se amasaba, ahí se horneaba, ahí se decoraba. Todo ahí, chiquito.
La inversión para montarlo dice mucho del riesgo asumido: un préstamo modesto —limitado justamente por el riesgo que representaban— más la venta del carro de su mamá.
Esa combi sigue operando hoy, reubicada en otro centro comercial:
Es algo muy icónico de nosotras. Yo no quería echarla a perder ni venderla.
5. Hacerse viral no es la meta
En febrero de 2024 estuvo a punto de tirar la toalla. En abril de ese año el negocio se volvió viral. Su lectura de lo que pasó es la parte más madura del episodio:
La viralidad no es todo. A la final, hacerse viral te dura dos semanas. Es lo que haces para mantener esa viralidad lo que hace la diferencia.
Y lo que sintió en ese momento no fue euforia:
Yo no estaba pensando “ay, me hice viral”. Yo estaba pensando: ¿cómo mantengo esto? Al fin me está pasando lo que he querido que me pase hace casi cuatro años.
Lo describe explícitamente como ansiedad, no como celebración. Y desde ese día no ha parado de pensar en sostenerlo.
El contexto de los años previos explica por qué:
Cuando ya no podíamos pagarle a nadie, íbamos solo mi mamá y yo. Abríamos de lunes a domingo. Yo a veces me quedaba dormida en el piso de la combi porque ya estaba cansada.
Un negocio familiar, y el costo de que se note
Hoy trabajan con ella su mamá, su papá y su hermano. Ella lo reconoce como su ventaja principal:
Yo sola, con todo eso, soy realista: tal vez no hubiera podido con tanto.
Pero el crecimiento le trajo comentarios que cuestionan su rol por la edad. Su respuesta es directa:
Dicen que ella no es la dueña, que solo tiene un porcentaje, que tiene unos socios. Mis socios son mis papás.
Su política general es no responder a esos comentarios, aunque en una ocasión sí aclaró que no está sola. Y suma una observación sobre el entorno:
Cuando uno empieza a crecer, en este mundo hay muchas cosas que no son bonitas. Cuidarse de eso es muy importante.
También nombra sin rodeos lo que costó llegar acá:
Yo no soy una persona de muchos amigos, de mucha vida social. Sacrifiqué mucho eso.
Mantener el estándar en otra ciudad
Expandirse a Quito trajo un problema que no estaba en el plan y que vale para cualquier negocio de alimentos:
Es otro clima. La receta siempre se tiene que modificar un poco por el clima.
A eso se suma la distancia:
Sí se me ha complicado estar de un lado al otro. Controlar eso por completo no es muy fácil.
Reconoce que hubo fallas en esa etapa y que las corrigieron rápido. La dificultad de fondo es sostener el mismo estándar en seis puntos cuando todo se produce en casa —los siropes, cada componente— y el cliente llega con expectativas altas.
Si un día salió un poquito diferente… tratar de tener ese mismo estándar en todos los locales es un reto.
Sobre los canales de venta, la distribución que describe:
- La página web con pedido para delivery o para retiro — lo que más ha aliviado las filas.
- Locales en centros comerciales — venta mayoritariamente física.
- Locales de barrio — más pedidos digitales.
- Apps de delivery — volumen creciente, con la fricción de que el producto llegue en las condiciones en que salió.
La cercanía como decisión, no como marketing
Un hábito que mantiene desde el inicio y que dice que no piensa cambiar:
Por más crecimiento, yo me sigo apareciendo por los locales casi que cada rato. Aunque sea media hora, para saludar a los chicos, para ver si todo bien.
Lo que obtiene de eso no es supervisión sino contexto:
Siempre conozco a alguno de mis clientes. Le pongo cara a las personas que me escriben en redes sociales.
Y su formulación de lo que persigue:
Más allá de vender, es crear esta comunidad con las personas. Es algo que yo nunca tomo por sentado.
El futuro: crecer sin confiarse
Sobre la expansión, su honestidad es poco común:
Yo jamás me he confiado en que “ya es tal marca, entonces aquí me va a ir bien”. Jamás. Siempre voy con un poquito de miedo.
La ambición sí está declarada:
Me gustaría internacionalizarme y ver qué pasa. Yo creo que tiene para muchísimo más, y me sentiría un poquito culpable si no exploto todo lo que siento que tiene para dar.
El crecimiento hasta ahora ha sido con capital propio, sin inversionistas externos. Y hay un producto nuevo en desarrollo que prefirió no adelantar.
Su consejo de cierre, que resume su relación con el riesgo:
Cuando me preguntan “quiero emprender pero me da miedo”, yo digo: hágalo con miedo, porque el miedo no se va nunca. Yo me muero de miedo cuando voy a abrir un local. Es algo con lo que uno aprende a vivir.
La conversación con Paula Idrovo es de las más útiles del catálogo para quien tiene una idea y espera sentirse listo antes de empezar. Una chica de 18 años que aprendió a hacer pan mirando indicaciones de la amiga de su mamá; una estafa que la sacó del juego tres meses; gasolineras que le abrieron la puerta a fuerza de insistir; un carrito montado con la venta del auto familiar en un hueco debajo de una escalera. Y después, la parte que casi nadie cuenta bien: la viralidad como problema y no como premio, porque dura dos semanas y lo difícil empieza justo cuando se acaba. Su frase de cierre es la que ordena todo lo demás y sirve tanto para el primer local como para el sexto: el miedo no se va nunca, así que hay que hacerlo con miedo.
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