Este episodio del podcast Círculo de Poder —episodio #61— es una conversación con Kléber Bravo Conde, psicólogo especialista en modificación de conducta, mentor de líderes y precandidato a la alcaldía de Guayaquil. Creció en el barrio Garay, conocido como la bahía de la droga, fue diagnosticado con dislexia y sufrió bullying escolar antes de convertirse en el profesional que es hoy.
Su tesis atraviesa toda la charla y da nombre al episodio: la delincuencia, la inseguridad y la corrupción no son problemas de la calle, son problemas de la familia. Y la salud mental es la política pública que nadie prioriza porque no se ve.
1. Conectar antes de ayudar
La primera idea del episodio es también su método:
Para poder ayudar y servir hay que conectar realmente. Si no logras conectar con las personas es complicado, porque la gente luego no te cree. Y ese es un punto de partida: la gente tiene que creer en ti.
Es una afirmación que aplica igual a la consulta psicológica, al liderazgo empresarial y —como se ve más adelante— a la política. Sin credibilidad previa no hay mensaje que penetre, por correcto que sea.
2. Dislexia, bullying y el maestro que lo marcó
Cuando entró a la escuela era de los peores estudiantes y sus problemas de conducta eran, en sus palabras, terribles. Una maestra lo llevó aparte, le hizo pruebas y descubrió que tenía un problema de aprendizaje.
Yo soy disléxico hasta el día de hoy, porque esa es una cuestión que tú llevas.
Como escribir se le complicaba, desarrolló otra habilidad por necesidad:
Me tocó ineludiblemente aprender a hablar, y les pedía a mis maestros que por favor me tomaran los exámenes orales.
La mayoría se negaba. Cuando algunos aceptaron, la diferencia con el resto del salón le trajo bullying. Pero el episodio más duro vino de un profesor:
Usted, señor Bravo, no sirve para nada. Usted debería irse al mercado a vender papas.
Se levantó sin permiso, ignoró la orden de sentarse y se fue al baño a llorar. Ese momento —el detonante, como lo llama— es el que lo llevó a estudiar psicología en lugar de derecho, que era su plan original.
Yo dije: ¿cuántos chicos no están pasando lo mismo que yo paso? Yo quiero ayudar a estos chicos.
Su lectura sobre el sistema educativo, después de años trabajando en instituciones, es directa: hay muchos maestros que no están formados para enseñar y que no tienen la vocación.
3. Dime con quién andas
Del colegio Vicente Rocafuerte sacó el principio que sigue usando como marco de decisión:
Uno va creciendo y se va formando con las personas que están alrededor tuyo. La familia no la puedes escoger, te tocó. Pero a tus amigos sí los puedes escoger.
Y lo convierte en una instrucción concreta para padres:
Cuando yo hablo con mis hijos les digo: ¿quiénes son tus amigos? Quiero conocerlos. Tráelos, hagamos una fiesta, invitemos a tus amigos, y allí yo voy viendo.
Su diagnóstico como psicólogo sobre dónde falla la crianza:
El mayor problema que existe en la sociedad es que los padres no están atentos a los medios en los que se desenvuelven los hijos. Decimos “mi hijo es bueno”. Está bien, pero ¿dónde está y con quién está?
4. La muerte que le cambió la vida
A los 15 años sus padres lo sacaron por primera vez a hacer labor social: llevaban comida a gente en situación de calle, junto con una palabra espiritual y psicológica. Fue de mala gana —él no quería ir— pero el hábito se arraigó y años después lo continuó por cuenta propia.
Alrededor de 2017, con un grupo de amigos, llevó comida al puente de la 17, a la altura de la calle Alcedo, un punto de concentración de consumo. Al bajar de la furgoneta, los quince o veinte muchachos que estaban ahí salieron corriendo, pensando que los iban a llevar a un centro de rehabilitación.
En la corrida, uno se desplomó convulsionando. Sobredosis. La ambulancia tardó cerca de diez minutos.
Cuando el muchacho se levanta me agarra la mano y me dice: por favor, no me dejes morir. Yo le digo: tranquilo, mi hijito, ¿cómo te llamas? Yo me llamo Carlos. Tranquilo, Carlitos, ¿cuántos años tienes? Once años.
El chico volvió a convulsionar y murió en la ambulancia.
Las personas del común denominador no lo ven, porque prefieren cerrar los ojos a esa realidad. Ver a estas personas en la calle en esta situación estorba la vista. No porque la gente no tenga capacidad de servicio, sino porque es incómodo, porque no nos han enseñado a visibilizarlos.
5. El problema no está en las calles
De años de rescate en calle sacó la conclusión que ordena todo su discurso:
Cada vez que tú ayudas a alguien que está en la calle, entran diez más. Porque no hay un sistema que ayude a que esto pare.
Y de ahí el título del episodio:
El problema de la mendicidad, el problema de las drogas, el problema de la corrupción, el problema de la violencia no está en las calles: está en los hogares. Y eso es lo que no quieren entender.
Su matiz sobre la seguridad no es negarla, sino delimitarla:
Tú puedes resolver medio del problema si armas a la policía y preparas a la ciudadanía. Está muy bien. Pero ¿y cuándo la atención a las familias?
Dentro de esa misma lectura tiene una posición poco común sobre los muchachos de los semáforos:
Yo me saco el sombrero ante esos muchachos, porque aguantan sol y lluvia esperando que alguien les dé una moneda no gratis, sino a cambio de algo. No están dispuestos a quebrarse frente a la delincuencia.
Los describe como personas que rompen un sistema que empuja hacia el delito, en lugar de ceder a los grupos organizados que buscan reclutarlos.
Del trabajo social a la política
Kléber cuenta que nunca estuvo vinculado a la política porque pensaba, como muchos, que hacer política no es bueno. Su matiz actual:
Hoy hacer política es peligroso. Porque si tú comienzas a dar un discurso diferente, ya te conviertes en un problema.
Lo que él llama política disruptiva tiene una regla explícita:
Nosotros no queremos hacer capital político de hablar mal de nadie. Nuestra intención es hablar de nuestras propuestas.
El recorrido que describe: desde 2018 trabajan en conformar el movimiento Gente Nueva en Acción. Recibieron la clave para recoger firmas el 12 de marzo de 2020 y el 16 de marzo empezó el confinamiento. Aun así reunieron 137.000 firmas válidas de las 200.000 que exigía el CNE.
Fue una derrota con sabor dulce, porque nunca habíamos recogido firmas, nunca habíamos hecho política. La primera vez que lo hacíamos y llegamos casi al 70%.
El segundo intento tampoco prosperó. Tras rechazar acercamientos de varios partidos, aceptó la precandidatura a la alcaldía de Guayaquil por Sociedad Patriótica, decisión que en el episodio justifica en el terreno recorrido —Isla Trinitaria, Monte Sinaí, Malvinas y sectores del Oriente— con campañas médicas, psicológicas e intervención familiar previas a cualquier candidatura.
La salud mental como prioridad
Cuando le preguntan cómo piensa intervenir en las familias, la respuesta es una sola:
La prioridad más importante va a ser la salud mental. Porque cuando hablamos de salud mental no solamente abarcamos la familia: abarcamos educación, desarrollo social, necesidades educativas, problemas mentales. Todo.
Su explicación de por qué nadie la prioriza es incómoda y probablemente cierta:
Los que lo han propuesto lo han dejado en el olvido porque no es negocio. No es negocio porque no se ve. Cuando una persona va a la consulta con el psicólogo, no se ve.
Y sobre la resistencia cultural:
La gente me dice: yo para qué quiero psicólogo si me tomo un sixpack con mis panas y ya está resuelto el problema. Pero el psicólogo te entrega herramientas, te hace ver las cosas desde un punto de vista que no habías visto.
El obstáculo real que reconoce no es la propuesta sino la conciencia previa que exige: hacerle entender a alguien que tiene un problema cuando cree que no lo tiene.
La gente dice: es que mi hijo es un malcriado. Hay chicos que ni siquiera piden permiso. Es un problema psicológico, pero la gente no lo sabe.
Qué es la conciencia
La definición que ofrece es la pieza más portable del episodio, aplicable fuera de cualquier contexto político:
Mucha gente cree que la conciencia es una vocecita que te dice lo que está bien y lo que está mal. Pero no. La conciencia es la capacidad de darte cuenta.
Y el ejemplo con el que la aterriza:
Cuántas veces dices que vas a bajar de peso, que vas a dejar de fumar, que vas a dejar de hacer algo que está mal en tu vida. Lo tengo que dejar porque sé que está mal. Pero lo vuelves a hacer un millón de veces más.
Esa brecha entre saber y hacer es, para él, el territorio exacto donde trabaja un psicólogo — y el que la política ecuatoriana ignora por completo.
Liderazgo: por sus obras los conoces
Cuando le preguntan cómo se diferencia del pan y circo tradicional —y de la manipulación como herramienta política— la respuesta reconoce el arsenal que tiene disponible y por qué no lo usa:
Aunque yo soy psicólogo, experto en modificación de conducta, en lenguaje corporal, en manipulación, persuasión y disuasión, no es lo que estoy buscando. Lo que quiero es que la gente despierte y se dé cuenta.
Su lectura del momento social:
La gente ya no está creyendo solamente en el que te lleva la fundita de arroz con la camiseta a tocarte la puerta en épocas de campaña. La gente está madurando políticamente.
Y el criterio con el que pide ser evaluado:
Por sus obras los conoces. Mírennos a nosotros quiénes somos. ¿Qué hemos hecho? ¿Qué hemos conseguido? No estamos apareciendo de la nada.
Cierra con el principio con el que abrió, ahora aplicado al equipo:
No podemos proponer un cambio si nos reunimos con los mismos delincuentes de siempre. Estamos rodeados de personas que saben lo que es sacarse del bolsillo para servir, y no meterse al bolsillo sirviéndose de otros.
La conversación con Kléber Bravo Conde es de las más incómodas del catálogo, y por eso vale escucharla completa. Un niño disléxico al que un profesor le dijo que se fuera a vender papas y que terminó siendo psicólogo justamente por eso; un chico de once años que murió de sobredosis agarrándole la mano en una ambulancia; una lectura del problema social ecuatoriano que corre el foco de la calle al hogar y de la seguridad a la salud mental. La propuesta política que presenta es suya y el episodio la expone como tal —evaluarla es tarea del oyente, y él mismo lo pide con la frase con la que cierra: por sus obras los conoces. Lo que queda por encima de cualquier candidatura es la definición que deja en el camino: la conciencia es la capacidad de darte cuenta. Todo lo demás, en su lectura, empieza ahí.
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