Dina Muñoz, fundadora de Dash One, en el podcast Círculo de Poder
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Dina Muñoz: de un trípode en pandemia a su marca Dash One

Dina Muñoz quedó varada en Estados Unidos cuando cerraron los aeropuertos y empezó a grabar rutinas con su celular y un trípode. Hoy dirige Dash One, su marca de ropa deportiva sin local físico. Hablamos de vender online, fabricar en Ecuador y manejo de crisis.

Este episodio del podcast Círculo de Poderepisodio #65— es una conversación con Dina Muñoz, atleta profesional de fisicoculturismo, nutricionista y fundadora de Dash One, su marca de ropa deportiva. Quedó varada en Estados Unidos cuando cerraron los aeropuertos en marzo de 2020, empezó a grabar rutinas con su celular y un trípode, y de ahí construyó un negocio que la sostuvo un año entero en Miami.

La charla es especialmente honesta sobre la parte que casi nadie cuenta: una producción entera que salió defectuosa, 200 pedidos devueltos y la decisión de no devolver el dinero.

1. Varada en Estados Unidos con un trípode

Viajó a hacer una certificación de functional training que duraba tres meses, con ahorros calculados justo para eso. El 11 de marzo declararon la pandemia y cerraron los aeropuertos.

¿Qué me hago ahora? Pedí una extensión de visa por pandemia, me quedé un año en Estados Unidos, hablé con la doña del departamento para decirle que no le podía pagar.

Sin nada que hacer, empezó a grabarse:

Literalmente con mi teléfono y un trípode empecé a subir rutinas a YouTube. Día uno, día dos, día de brazos, hagamos abdominales.

La materia prima ya estaba: era atleta profesional, había competido hasta 2019 y tenía varias certificaciones. Lo que aportó la pandemia fue tiempo y un algoritmo que desde Miami alcanzaba a toda Latinoamérica.

Su respuesta cuando le preguntan si lo hubiera logrado sin ese contexto es directa:

Sin la pandemia nunca lo hubiera podido lograr. A veces en esos momentos de paz y de tranquilidad es cuando más productivo te pone. Mi cabeza empieza a pensar: tengo que hacer plata.

2. El miedo latino que casi le cuesta el negocio

Una pareja estadounidense que ya tenía el know-how —unas veinte chicas haciendo programas de entrenamiento en línea— le escribió por correo y por mensaje directo. Varias veces. Ella no respondió.

Con mi mentalidad latina superdesconfiada: estos manes me quieren robar. Mira lo que es la cabeza latina.

Lo que finalmente destrabó la conversación:

Me dijo: solo queremos ayudar, no tienes que invertir nada, no tienes que poner un centavo. Cuando me dijo “no tienes que poner un centavo”, dije: de aquí soy.

El acuerdo tenía un límite que ella puso desde el principio:

Yo voy a hacer mi programa de entrenamiento, no voy a hacer lo que ustedes me den. Acabo de hacer una certificación, no voy a permitir que tú vengas a hacer el entrenamiento por mí.

El resultado del primer lanzamiento:

Nunca he hecho tanta plata en mi vida como en la pandemia. Sé que muchos negocios se vinieron abajo. A mí me fue excelente.

Los números que menciona: un programa de cuatro semanas a 19,99 dólares, con entre 2.000 y 3.000 personas en ese primer empuje. Suficiente para sostener un año de renta en Miami.

3. Los negocios son cíclicos

El punto que ordena toda su trayectoria:

Los seres humanos vamos cambiando, vamos evolucionando, y los negocios también son cíclicos.

La evolución concreta de su modelo:

  • 2020 — programas de entrenamiento en casa, en PDF con links a videos, para gente encerrada.
  • 2021 y 2022 — de vuelta en Ecuador, mantiene el negocio y empieza a trabajar con marcas.
  • Migración a gimnasio — cuando la gente volvió a salir, cambió los programas de casa por programas de gimnasio y montó una app.
  • Hoy — el entrenamiento en línea sigue de pie, pero ya no es su primera fuente de ingresos.

Un detalle operativo interesante: la app la desarrollaron con una empresa en India que trabaja con unas 200 clientes como ella, lo que abarata los costos. Sus socios manejan la relación con el desarrollo y el marketing; ella solo hace los programas y graba.

Uno no puede vivir de una sola cosa hoy en día.

4. En contra del local físico

Su posición más contracorriente en el contexto ecuatoriano:

Estoy negada a tener un punto físico, un local, un showroom. En Ecuador todavía los emprendedores quieren tener un lugar. Yo estoy en contra de eso.

La razón no es de costos sino de estilo de vida:

Empecé contratando una chica con otro celular y vendíamos por WhatsApp. Pero eso es esclavizante a morir. Detesto los negocios esclavizantes. Me gusta tener libertad absoluta.

A los seis meses montó la web, y ahí apareció la fricción cultural:

La gente quiere que tú le respondas en WhatsApp, que tú le asesores. En la web tienes todo. Pones tu ciudad, haces el envío, llenas tus datos y es recontra fácil.

La estructura que sostiene esa decisión: cuatro personas en total —una que responde mensajes, otra que hace los envíos—, con la bodega y la oficina en dos habitaciones de su propio departamento.

Mientras más pequeño, mucho mejor para mí. Siempre.

5. La producción que salió toda mala

Esta es la sección más valiosa del episodio, y la cuenta sin maquillaje.

Una producción entera de leggings salió con el corte del glúteo mal patronado. Demasiado pequeño. Se rompían.

Yo lloraba, lloraba, lloraba. La producción tú le metes alma, vida, corazón y billete. Le pones básicamente todos tus ahorros.

El problema se concentró en su público principal:

La mayor parte de mi público es Guayaquil, Durán, Manabí. Y las manabitas son cadera, glúteo enorme. Se rompían.

Fueron unos 200 pedidos ya pagados y enviados. Todos volvieron. La fábrica —que al inicio negaba el defecto— terminó asumiendo el costo y rehaciendo la producción completa, pero eso implicó 45 días de espera.

Su manejo de la crisis tuvo tres piezas:

  • Contactó a cada clienta una por una, ofreciendo esperar 45 días o la devolución del dinero.
  • Salió en Instagram a pedir perdón, con las lágrimas incluidas.
  • Casi nadie pidió el reembolso.

Cuando eres una marca, cuando tienes un emprendimiento y cometes un error y aceptas tu error, la gente lo comprende. Porque a todo el mundo le pasa.

Sobre la política de devoluciones tiene una posición firme —cambio de producto sí, dinero de vuelta no—, que contrasta con el caso que menciona de otra emprendedora que recibió 800 pedidos en un Black Friday, no tuvo capacidad de producción y tuvo que devolver más de 8.000 dólares.

Ser tu propia publicidad

La ventaja estructural de su modelo la enumera sin rodeos:

No le pago a nadie para hacer publicidad. Yo soy mi propia publicidad. Y mis redes sociales son enormes, tengo muchísimo alcance.

Ni siquiera paga modelos. Pero eso trajo un problema nuevo que enfrentó este año:

Ah sí, pero a ella se le ve bien. ¿Cómo se le ve a alguien en talla L?

Es la misma tensión que atraviesan las marcas internacionales que pasaron del modelo estereotipado a la diversidad de cuerpos, solo que en su caso el rostro de la marca es una atleta profesional.

Su solución práctica: trabajar con influencers, y ahí tiene una observación que vale para cualquier marca pequeña:

Funciona mucho más con las microinfluencers que con las macro. Las macro las tienes que estar persiguiendo, lo reciben y lo publican quince días después. Las micro se nota que lo hacen con amor: te hacen unboxing, te suben historias, si lo vuelven a usar te lo vuelven a subir.

Y una advertencia autoimpuesta:

Cuando viene una marca a mí, yo no quiero que vengan a decir eso de mí. Tengo muy clara la película.

De comprar en la frontera a fabricar en Ecuador

La curva de aprendizaje con proveedores fue larga y ella la cuenta por etapas:

  1. Comprar en Colombia por bultos y retirar en Ipiales, en la frontera.
  2. Formalizar la importación — pagar aranceles, hacerlo legal a medida que el volumen crecía.
  3. Buscar fábrica en Ecuador — Quito, Ambato, otras ciudades, durante cuatro o cinco meses, con viajes que terminaron sin encontrar nada.
  4. Encontrar la fábrica actual, con máquinas italianas y una dueña con maestría en textil en Alemania.

Lo que la empujó a fabricar local no fue solo el precio, sino el tiempo:

Entre que me decidía con el proveedor, le pagaba y me mandaba, eran como veinte días o un mes.

El proceso actual: importan el hilo desde China —blanco o negro—, lo nacionalizan, lo tiñen, hacen dos o tres muestras hasta que ella esté conforme, y recién entonces va a producción. Con un riesgo que ya vivió:

A veces los chinos no llegan, se demoran. Una vez nos mandaron mal el hilo. Eso no se lo deseo a nadie.

El diferencial del producto está en el tejido seamless —hilos cosidos en máquinas tubulares, sin costura— y en detalles pensados para problemas concretos que ella nombra sin eufemismos: que no se marque, cortes que favorecen la silueta y un fajín que comprime la cintura.

El futuro: salir de Ecuador

Su lectura del techo local:

En Ecuador probablemente el 60 o 70% de la gente ya sabe que tengo una marca de ropa deportiva. Siempre se puede crecer un poquito, pero ahora el tema no es crecer en Ecuador, sino afuera.

El destino es Estados Unidos, y prefiere hacerlo sola mientras pueda:

Me gusta ir step by step. Si puedo hacerlo sola hasta donde pueda, lo voy a hacer sola. Cuando empiezas a tener números mucho más grandes, sé que voy a necesitar a alguien.

Sobre expandirse a ropa de hombre, la respuesta es un no rotundo con argumento de negocio:

El hombre no compra en redes sociales. Las mujeres somos compulsivas: vemos algo lindo y lo compramos. No son mi público objetivo.

Su consejo final para quien quiere emprender tiene dos partes:

  1. Vender algo que ya esté en tu día a día. “¿Cómo me pongo a vender yo tintes de cabello si yo no me pinto el pelo?”
  2. Meterle energía real al proyecto. “Si tú no estás trabajando en tu proyecto principal, ¿quién va a trabajar en él?”

La conversación con Dina Muñoz es de las más útiles del catálogo para quien vende online y todavía cree que necesita un local. Una atleta que quedó varada en Miami con un trípode y salió de ahí con un negocio que le pagó un año de renta; una marca de ropa deportiva sin showroom, con bodega en una habitación de su casa y cuatro personas en total; una producción entera devuelta que resolvió llamando a doscientas clientas una por una y pidiendo perdón en Instagram. Su tesis operativa es simple y va a contramano: mientras más chico el equipo, mejor; mientras más automatizada la web, más libertad. Y la lección que deja el episodio más allá de la ropa: cuando cometés un error y lo asumís de frente, la comunidad casi siempre espera. Lo que no perdona es que la dejes sin respuesta.

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